El caso de Liam Conejo, un niño ecuatoriano de apenas 5 años, vuelve a encender las alertas sobre el impacto de las políticas migratorias en la niñez. Un juez de inmigración en Estados Unidos negó la solicitud de asilo de su familia, abriendo la posibilidad de que sean deportados, pese a que su caso aún está en proceso de apelación.
Pero detrás de esta decisión hay una historia que va más allá de lo legal. En enero, Liam acompañó a su padre durante un operativo migratorio y permaneció con él en un centro de detención familiar en Texas, ya que no tenía con quién quedarse. Su imagen, con una mochila y rodeado de agentes, dio la vuelta al mundo y puso rostro a una realidad que viven muchos niños migrantes.
Expertos y organizaciones han advertido que este tipo de experiencias pueden dejar huellas profundas en los niños: miedo, ansiedad e inseguridad. Por eso, el pedido de la defensa no solo es legal, sino también humano: que Liam y su familia tengan la oportunidad de presentar su caso y permanecer en un entorno seguro mientras se resuelve su situación.
Mientras tanto, surge otra preocupación: ¿qué pasa cuando estas familias regresan a Ecuador? Aunque la Cancillería cuenta con programas de apoyo para migrantes retornados, muchos no acceden a ellos. La información no siempre llega, y en muchos casos no hay acompañamiento psicológico, ni para los adultos ni para los niños. La pregunta queda abierta: ¿realmente cuántos migrantes retornados reciben atención al llegar al país?
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